
El sol ardía al centro del cielo azul claro; se escuchaba la pesada caída del azadón de mi padre. La tierra húmeda y negra se desgajaba cuando pasaba el instrumento. Papá portaba su gran sombrero y su pañuelo color rojo al cuello. Traía su camisa, su calzón de manta y su ceñidor rojo mojados por el sudor de su cuerpo. Me llamaban especialmente la atención sus huaraches de cuero y sus pies quemados por el sol, impregnados con lodo.
Mis ojos lloraban por la luz intensa que hay, gotitas de sudor rodaban por mi cara. Papá y yo habíamos estado trabajando desde las siete de la mañana e imaginarme los riquísimos frijoles de mi madre me hacían el estómago rugir como si fuera un león. Parecía que él se había dado cuenta de que estaba hambriento, porque en cuanto el sonido estruendoso de mi pancita salió, me invitó a cantar “Mi ranchito”. ¡Cómo le fascinaba cantar! Me gustaba mucho su voz suave como el terciopelo. De pronto, mi madre aparecía a lo lejos haciendo señas con los brazos muy estirados. Se veía muy chiquita como una hormiguita, pero alcanzamos a oír su voz cuando gritó que nos fuéramos a comer. Papá tomó el azadón sonriendo y me retó a unas carreritas. Creo que siempre me dejaba ganar, pero aun así, era divertido llegar primero.
La puerta de mi casa estaba abierta. Cuando entré en ella, podía oler al fin los frijolitos negros que tenía mamá en el fogón. Hacía unas exquisitas tortillas. Estaban gruesas y el maiz lo habíamos recogido el día anterior mi papá y yo, junto con los otros trabajadores.
Estaba a punto de enrollar una tortillita, a la que le puse sal, pero mi mamá, viéndome las manos negras como el carbón, me exigió que me las lavara. De tanta hambre que me dio trabajar tanto, no me había acordado de hacerlo. De prisa me encaminé al brocal del pozo y en el balde, metí mis manitas. Tomé jabón y las volví a sumergir. Pensaba en las manos de papá. ¡Eran muy grandes y fuertes! Parecía como si yo tuviera manos de pulguita al lado de las de él… Estaba listo. Tenía mucha hambre y sed. Corrí a sentarme al lado de mi mamá. Ella era muy linda. Tenía ojos muy grandes y expresivos. Cuando me regañaba, sus ojos eran los que lo hacían. Por eso, trataba de no hacerla enojar, porque ¡eran tan bonitos cuando estaba contenta!


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