Al día siguiente, tenía más hambre. Y al otro día, aún más, pues tomando sólo agua, mi cuerpo no se satisfacía del todo. Jamás mis padres me habían dejado sin comer ni una vez en el día. Ahí empecé a extrañarlos más que demasiado y a valorar todo lo que tenía antes en mi casa. Los necesitaba en ese momento. Pero ya me había metido en este lío, así que yo tenía que salir solo. Me fui al mercado. Vi la panadería… Me quedé mirando los panes y, no sólo los veía sino que el olor era terriblemente delicioso. Digo terrible, porque no los podía comer. Era un castigo tremendo. Me metí y se me hizo fácil tomar un pan e irme, de todas formas los dueños estaban distraídos. Cuando estaba a punto de estirar la mano para llevármelo, recordé a mis padres. Ellos siempre me enseñaron que la pobreza no era pretexto para tomar lo que no era mío. Entonces mejor, apreté los ojos y me fui yendo. Tenía qué hacer algo, sentía que el estómago se me desgarraba, hacía ruidos estruendosos y molestos, casi no tenía fuerza…
En esos momentos, vi a una señora de avanzada edad, con apariencia de enferma, cargando unas bolsas de mandado. Eran bastantes y parecía que ya no las podía. Aunque seguía hambriento, la quise ayudar.
–Señora… ¿quiere que le ayude con su mandado? –pregunté con voz débil. Ella, encantada, me contestó que sí. Se le iluminó la cara, ¡vaya que estaban pesadas las bolsas! Las llevé con muchísimo trabajo hasta donde ella iba a tomar el minibús. Fascinada, me entregó unas monedas dándome las gracias. Yo, le sonreí… ¡No lo podía creer! ¡Ella acababa de hacer la mayor obra de caridad del mundo!
Con ese dinero y con las monedas que yo ya tenía, me pude ir corriendo desesperadamente al mercado para comprar algo. Me di cuenta de que me alcanzaba para comprar una penca de plátanos. Estaban verdes, no había más, pero no me importó. Le pagué al comerciante y cuando los tuve en mis manos, me los comí todos. De hecho, no los pelé. Estaba tan desesperado que no quise perder tiempo en hacerlo. La cáscara estaba dura. En lo único que pensaba era en saciar toda el hambre que había acumulado en tres días. Luego de comer algo, caí en la cuenta de que, cargando el mandado de las señoras, lograría juntar dinero con las propinas que me dieran. Mientras me ponía a investigar dónde estaba la escuela de pilotos, estaría bien que ganara mi propio dinero. (No quiero contar con detalles lo que pasó después de comer aquellos plátanos… Sólo me basta decir que no podía salir del baño público, debido a una larga diarrea.)
(Cuando mejoré) Seguí ayudando a las damas con sus bolsas y siempre, todas ellas muy generosas, me daban buenas propinas. Con eso que ganaba, me iba a comer a una fondita que estaba en el mercado. Doña Martha, la propietaria, cocinaba delicioso.
También les escribía cartas a mamá y a papá. Les decía todo lo que estaba sucediéndome, pero siempre trataba de tranquilizarlos con un: “estoy muy bien”, o: “la ciudad es muy bonita”. Todo para que vieran que yo estaba entusiasmado.
Luego de unos días, mi negocio decayó. Supe que había más niños que me vieron trabajar y comenzaban a hacer lo mismo que yo. Fue entonces, cuando supe que ese lugar, ya no era para mí y que tenía que marcharme a probar mejor suerte.
sábado, 21 de junio de 2008
miércoles, 18 de junio de 2008
Alberto (parte 5)

Pronto estuve en Guadalajara, calculo que caminé cerca de dos horas hasta llegar a la estación del tren.
No podría subirme. Necesitaba boleto. Pensé y volví a pensar. ¿Qué podría hacer? Ya estaba ahí, Ya había dejado la carta a mis padres. No podía regresarme. Me acerqué a uno de los enormes vagones del ferrocarril. Vi que tenían una escalera en la parte de atrás. Supongo que era para limpiarlos por arriba. Se me ocurrió subirme sin que nadie me viera. Total, era de noche, estaba oscuro y no había muchas personas queriendo tomar el tren. El reloj de la taquilla marcaba la 1:30 de la mañana. Me subí silenciosamente y me acosté boca arriba. Miraba el cielo mientras elevaba algunas plegarias para que Dios me protegiera en el camino.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que un hombre gritara: “¡Todos a bordo!” Entonces, me sostuve con las manos de dos tubos que estaban a cada lado. Me rodó un escalofrío por todo el cuerpo… suspiré y fue entonces cuando sentí que el tren comenzó a avanzar. El aire, que estaba helado, me golpeaba y volví a sentir frío. Me puse a temblar otra vez. Mis manos se asían fuertes de los tubos. Me imaginaba una y otra vez como aviador y eso me daba fuerzas. Pasó mucho tiempo, yo miraba el estrellado firmamento con gran locura. No podía dejar de ver las plateadas estrellas, claras esa noche como nunca. Parecía que Dios me estaba mostrando lo que venía para mí. Transcurrieron no sé si minutos, no sé si horas, pero yo creo que el tiempo suficiente como para entumirme demasiado. Traté de despegar mis dedos de los tubos. No podía. Me dolían mucho. Parecía que estaban congelados. Decidí intentarlo lentamente. Comencé moviendo las puntitas hasta que pude mover por completo las manos. Giré mi cuerpo torpemente… tanto, que por poco me caigo. Fue tal el susto, que mi corazón se agitó palpitando muy velozmente, el tren seguía su curso, si me caía, seguramente me quedaría en el medio de la nada, podía morir, o romperme una pierna o un brazo. Tenía que ser muy cuidadoso. Logré acomodarme boca abajo. Intentaba cantar las canciones que mi padre me había enseñado desde niño para evitar el sueño, pero pasaron las horas y me venció el cansancio. Inconscientemente, mis manos se quedaron agarradas fuertemente a los tubos.
No tengo idea de cuánto tiempo pasó. Unas voces, de hombre, roncas y muy sonoras me despertaron. Nuevamente mis dedos estaban duros y me costó trabajo moverlos; me volteé hacia arriba. El sol ya había salido, pero no estaba muy caliente. Esperé a que no se oyeran voces para bajarme de donde estaba. Me sentía un poco mareado y desvariado, pero logré acostumbrarme en unos minutos. Caminé a prisa. No sabía a dónde iba ni si estaba en la Ciudad de México. Llegué a la taquilla de la estación.
–Buenos días, señora –dije nervioso.
–Buenos días, niño –Contestó mirándome fijamente con extrañeza.-¿Qué se te ofrece? –Añadió.
–¿Esta es la Ciudad de México? –Pregunté.
–Claro que sí, hijo.
Le di las gracias a la dama y me fui caminando. No sabía a dónde ir; me sentía muy raro. Preguntando, me dijeron cómo llegar al centro. Estando allí, me dio mucha hambre. En ese momento, olvidé un poco la idea de ser piloto, necesitaba comer algo con urgencia. Sólo tenía unas monedas, no podía comprar nada con eso.
Me dirigí a una llave que estaba en la acera de enfrente y tomé toda el agua que pude para saciar mi hambre. Tomé tanta, que al moverme hacia la izquierda y a la derecha, podía sentir que el agua golpeaba las paredes de mi estómago. Cuando sentía la necesidad de dormir, lo hacía en una banca de la plaza. Estaban los baños públicos cerca, pero no había un sólo lugar para comer. Nadie se apiadaba de mí y a mí no se me ocurría pedir limosna, no estaba acostumbrado a eso.
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Esbozando una sonrisa... (= ((Superación))
lunes, 16 de junio de 2008
Alberto (parte 4)

Seguí pensando y pensando. Lo único que yo sabía era que el ferrocarril me llevaba. Eso haría. Dejaría a mis padres para ir a la ciudad de México en el tren. No tenía dinero, excepto unos centavos que guardaba en el cochinito.
Al día siguiente, me levanté temprano como de costumbre. Tomé mi cochinito y salí con un martillo a romperlo para que mis padres no se dieran cuenta. Tomé una hoja de papel y una pluma y le escribí una carta a mis padres que decía así:
Al día siguiente, me levanté temprano como de costumbre. Tomé mi cochinito y salí con un martillo a romperlo para que mis padres no se dieran cuenta. Tomé una hoja de papel y una pluma y le escribí una carta a mis padres que decía así:
Santa Anita, Jalisco a 10 de Diciembre de 1933
Queridos padre y madre:
He tenido que irme, porque quiero llegar a la ciudad de México para ser un piloto de aviones. Cuando esté allá, si Dios quiere, buscaré la oportunidad de escribirles una carta para avisarles mi nueva dirección, sé que estaré bien.
No me voy para siempre, voy a regresar.
Los quiere mucho:
Su hijo Alberto
Una vez escrita la carta, me preparé para irme. Cuando dieron las 7 de la noche y comenzaba a oscurecer, elegí la ropa más calientita que tenía y me la puse encima de la que traía puesta. Tomé los centavos que había ahorrado y los puse en mi calcetín. Hacía mucho frío, faltaban 15 días para navidad.
Cuando estaba afuera de mi casa, se me salieron unas lágrimas, porque me puse a recordar mi infancia en el campo y en la granja. Yo era muy afortunado de tener a los padres que tenía y, no los estaba dejando por mucho tiempo… ¿o sí?
El miedo me invadió por completo. No conocía nada de lo que estaba por enfrentar, estuve a punto de retractarme. Pero lo tenía qué hacer. Tenía que salirme para estudiar y cumplir mi sueño y, también, para ofrecer un mejor futuro a mis padres, así que me armé de valor. Organicé un plan para la huída. Mis padres no sabían lo que yo estaba pensando. Creí necesario, escenificar lo que iba a hacer para escaparme sin que me vieran. Me dí cuenta de que la puerta rechinaba al abrirse, así que le puse aceite a las bisagras hasta que dejó de hacer ruido. Después de eso, todo estaba listo. Me metí a la cama e hice como que estaba dormido. En cuanto vi que mis padres se durmieron, me levanté, dejé la carta en mi cama y abrí la puerta sigilosamente… Emprendí el camino.
Caminé por las oscuras calles hasta salir de mi cuadra. Estaba temblando demasiado. Hacía un frío gélido que me llegaba hasta los huesos; ni la doble ropa que traía servía para aplacarlo. Escuchaba cómo mis dientes castañeaban por la temblorina que tenía; conforme fui avanzando, mi cuerpo comenzó a adquirir calor. Ya sólo tenía la nariz y las orejas frías, pero eso no tenía importancia. Pensé en mi mamá. Me detuve por unos segundos. ¡No la quería dejar! ¿Y si me regresaba a mi casa? Aún estaba a tiempo. Sacudí la cabeza ante esa idea. No podía retractarme, de lo contrario, todo se desbarataría. Pensé que imaginarme siendo un gran piloto ayudaría y… sí, funcionaba. Cada que quería retroceder, pensaba en una avioneta y lograba dar más pasos hacia mi destino.
viernes, 13 de junio de 2008
Alberto (parte 3)

Los años pasaron y yo aprendí mucho de mi vida en el campo y mi familia. Tenía doce años. Era ya un muchacho. A esa edad cualquier chiquillo hace locuras exorbitantes...
Recuerdo perfectamente haberme sorprendido más de alguna vez por haber visto avionetas cruzando el cielo. ¡Me fascinaban! Desde ver las alas diminutas, el fuerte ruido de los motores, incluso me llegué a maravillar pensando en que alguien estaba dirigiéndola.
Un buen día, ayudando a mi papá en los jardines de la granja y luego de haber visto una avioneta, le pregunté:
-Papá… ¿Cómo puedo aprender a volar un avión?
-Estudiando en una escuela muy cara. ¿Por qué? –Dijo con cara rara.
-Porque… me gustaría volar. Es algo que desde hace mucho me atrae la atención –Respondí con la cabeza agachada y con voz bajita. Tenía mucho miedo de que mi padre se riera de lo que yo pensaba, pero él no se rió. Me miró a los ojos, puso su mano en mi hombro y me dijo:
-Hijo, yo me apeno mucho contigo y con tu madre, si pudiera darles la vida que realmente se merecen, lo haría. Pero vivimos en una realidad muy difícil. Sabes que esta casa no es nuestra y que si el patrón quiere, nomás nos corre y ya. Tienes que conformarte con terminar la secundaria, hijo. Además, la escuela de pilotos no está aquí, ni en Guadalajara. Está en la Ciudad de México. Es complicado llegar hasta allá. Quizás cuando crezcas puedas pagar tu escuela. No lo sé.
Papá me había desilusionado. Yo no deseaba esperar tanto tiempo para llegar a ser el piloto que yo quería ser.
Esa noche, no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en mi cama. No lograba hacerme a la idea de que tenía que olvidar eso de la aviación. Tenía que hacer algo. De pronto, de tanto pensar, se me ocurrió la idea más arriesgada de toda mi vida: iría a la Ciudad de México. La pregunta era: ¿Cómo?
Recuerdo perfectamente haberme sorprendido más de alguna vez por haber visto avionetas cruzando el cielo. ¡Me fascinaban! Desde ver las alas diminutas, el fuerte ruido de los motores, incluso me llegué a maravillar pensando en que alguien estaba dirigiéndola.
Un buen día, ayudando a mi papá en los jardines de la granja y luego de haber visto una avioneta, le pregunté:
-Papá… ¿Cómo puedo aprender a volar un avión?
-Estudiando en una escuela muy cara. ¿Por qué? –Dijo con cara rara.
-Porque… me gustaría volar. Es algo que desde hace mucho me atrae la atención –Respondí con la cabeza agachada y con voz bajita. Tenía mucho miedo de que mi padre se riera de lo que yo pensaba, pero él no se rió. Me miró a los ojos, puso su mano en mi hombro y me dijo:
-Hijo, yo me apeno mucho contigo y con tu madre, si pudiera darles la vida que realmente se merecen, lo haría. Pero vivimos en una realidad muy difícil. Sabes que esta casa no es nuestra y que si el patrón quiere, nomás nos corre y ya. Tienes que conformarte con terminar la secundaria, hijo. Además, la escuela de pilotos no está aquí, ni en Guadalajara. Está en la Ciudad de México. Es complicado llegar hasta allá. Quizás cuando crezcas puedas pagar tu escuela. No lo sé.
Papá me había desilusionado. Yo no deseaba esperar tanto tiempo para llegar a ser el piloto que yo quería ser.
Esa noche, no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en mi cama. No lograba hacerme a la idea de que tenía que olvidar eso de la aviación. Tenía que hacer algo. De pronto, de tanto pensar, se me ocurrió la idea más arriesgada de toda mi vida: iría a la Ciudad de México. La pregunta era: ¿Cómo?
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martes, 3 de junio de 2008
*Alberto ((parte 2))*

...Recuerdo cómo a los cinco años, ya trabajaba y con mi papá, tratábamos de ganar el pan de cada día para la familia. Fuimos muy felices, jamás nos faltó nada, gracias a Dios. Después de vivir en el campo toda mi vida, mi padre consiguió un trabajo en Santa Anita. Le ofrecían una vivienda si se quedaba junto con otros trabajadores a velar, cuidar y mantener el gran jardín. Cuando mis papás me dieron la noticia, me puse a llorar. No lo podía creer. Yo no quería dejar el amado campo en donde crecí. Mamá se acercó dulcemente a mí y me dijo que nosotros teníamos que seguir a mi padre a dondequiera que él fuese, porque éramos su familia. Me prometió que estaría encantado con la nueva casa, y así fue. Cuando la conocí, no daba crédito a lo que veían mis ojos. Era el lugar más precioso que había visto. Parecía que estaba en el paraíso. Desde la entrada, se apreciaba un caminito estrecho, que daba al fondo de la granja. Tenía flores de muchos colores y de diversas formas. Todo era verde, color de la vida. Fue como si estuviera viviendo algo que no era real. Al mirar bien, me di cuenta de que había árboles frutales por doquier: de guayabas, de manzanas, peras, plátanos, duraznos, mandarinas, naranjas, limones, papayas, ciruelas y muchos otros más. Mi lengua se mojó de sólo pensar en la delicia que ahí había. Moría de ganas por comerme algo. Corrí, salté y jugué ese día por todas partes; estaba maravillado.
Pasó el tiempo. Crecí ayudando a mis padres todos los días; había ocasiones en las que íbamos a Guadalajara cuando las estrellas apenas comenzaban a desaparecer del cielo. Papá me metía en una canasta grande que ataba al burro y ahí me quedaba quietecito hasta que veía que el sol asomaba sus primeros rayos. ¡Era tan cálido! Mi padre me decía que no lo mirara porque podría quedarme ciego. Yo lo desobedecía un poquito, me gustaba verlo así, todo grandote y amarillo. Tras dos segundos de observarlo, apartaba la mirada.
Pasó el tiempo. Crecí ayudando a mis padres todos los días; había ocasiones en las que íbamos a Guadalajara cuando las estrellas apenas comenzaban a desaparecer del cielo. Papá me metía en una canasta grande que ataba al burro y ahí me quedaba quietecito hasta que veía que el sol asomaba sus primeros rayos. ¡Era tan cálido! Mi padre me decía que no lo mirara porque podría quedarme ciego. Yo lo desobedecía un poquito, me gustaba verlo así, todo grandote y amarillo. Tras dos segundos de observarlo, apartaba la mirada.
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