
Seguí pensando y pensando. Lo único que yo sabía era que el ferrocarril me llevaba. Eso haría. Dejaría a mis padres para ir a la ciudad de México en el tren. No tenía dinero, excepto unos centavos que guardaba en el cochinito.
Al día siguiente, me levanté temprano como de costumbre. Tomé mi cochinito y salí con un martillo a romperlo para que mis padres no se dieran cuenta. Tomé una hoja de papel y una pluma y le escribí una carta a mis padres que decía así:
Al día siguiente, me levanté temprano como de costumbre. Tomé mi cochinito y salí con un martillo a romperlo para que mis padres no se dieran cuenta. Tomé una hoja de papel y una pluma y le escribí una carta a mis padres que decía así:
Santa Anita, Jalisco a 10 de Diciembre de 1933
Queridos padre y madre:
He tenido que irme, porque quiero llegar a la ciudad de México para ser un piloto de aviones. Cuando esté allá, si Dios quiere, buscaré la oportunidad de escribirles una carta para avisarles mi nueva dirección, sé que estaré bien.
No me voy para siempre, voy a regresar.
Los quiere mucho:
Su hijo Alberto
Una vez escrita la carta, me preparé para irme. Cuando dieron las 7 de la noche y comenzaba a oscurecer, elegí la ropa más calientita que tenía y me la puse encima de la que traía puesta. Tomé los centavos que había ahorrado y los puse en mi calcetín. Hacía mucho frío, faltaban 15 días para navidad.
Cuando estaba afuera de mi casa, se me salieron unas lágrimas, porque me puse a recordar mi infancia en el campo y en la granja. Yo era muy afortunado de tener a los padres que tenía y, no los estaba dejando por mucho tiempo… ¿o sí?
El miedo me invadió por completo. No conocía nada de lo que estaba por enfrentar, estuve a punto de retractarme. Pero lo tenía qué hacer. Tenía que salirme para estudiar y cumplir mi sueño y, también, para ofrecer un mejor futuro a mis padres, así que me armé de valor. Organicé un plan para la huída. Mis padres no sabían lo que yo estaba pensando. Creí necesario, escenificar lo que iba a hacer para escaparme sin que me vieran. Me dí cuenta de que la puerta rechinaba al abrirse, así que le puse aceite a las bisagras hasta que dejó de hacer ruido. Después de eso, todo estaba listo. Me metí a la cama e hice como que estaba dormido. En cuanto vi que mis padres se durmieron, me levanté, dejé la carta en mi cama y abrí la puerta sigilosamente… Emprendí el camino.
Caminé por las oscuras calles hasta salir de mi cuadra. Estaba temblando demasiado. Hacía un frío gélido que me llegaba hasta los huesos; ni la doble ropa que traía servía para aplacarlo. Escuchaba cómo mis dientes castañeaban por la temblorina que tenía; conforme fui avanzando, mi cuerpo comenzó a adquirir calor. Ya sólo tenía la nariz y las orejas frías, pero eso no tenía importancia. Pensé en mi mamá. Me detuve por unos segundos. ¡No la quería dejar! ¿Y si me regresaba a mi casa? Aún estaba a tiempo. Sacudí la cabeza ante esa idea. No podía retractarme, de lo contrario, todo se desbarataría. Pensé que imaginarme siendo un gran piloto ayudaría y… sí, funcionaba. Cada que quería retroceder, pensaba en una avioneta y lograba dar más pasos hacia mi destino.


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