
Los años pasaron y yo aprendí mucho de mi vida en el campo y mi familia. Tenía doce años. Era ya un muchacho. A esa edad cualquier chiquillo hace locuras exorbitantes...
Recuerdo perfectamente haberme sorprendido más de alguna vez por haber visto avionetas cruzando el cielo. ¡Me fascinaban! Desde ver las alas diminutas, el fuerte ruido de los motores, incluso me llegué a maravillar pensando en que alguien estaba dirigiéndola.
Un buen día, ayudando a mi papá en los jardines de la granja y luego de haber visto una avioneta, le pregunté:
-Papá… ¿Cómo puedo aprender a volar un avión?
-Estudiando en una escuela muy cara. ¿Por qué? –Dijo con cara rara.
-Porque… me gustaría volar. Es algo que desde hace mucho me atrae la atención –Respondí con la cabeza agachada y con voz bajita. Tenía mucho miedo de que mi padre se riera de lo que yo pensaba, pero él no se rió. Me miró a los ojos, puso su mano en mi hombro y me dijo:
-Hijo, yo me apeno mucho contigo y con tu madre, si pudiera darles la vida que realmente se merecen, lo haría. Pero vivimos en una realidad muy difícil. Sabes que esta casa no es nuestra y que si el patrón quiere, nomás nos corre y ya. Tienes que conformarte con terminar la secundaria, hijo. Además, la escuela de pilotos no está aquí, ni en Guadalajara. Está en la Ciudad de México. Es complicado llegar hasta allá. Quizás cuando crezcas puedas pagar tu escuela. No lo sé.
Papá me había desilusionado. Yo no deseaba esperar tanto tiempo para llegar a ser el piloto que yo quería ser.
Esa noche, no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en mi cama. No lograba hacerme a la idea de que tenía que olvidar eso de la aviación. Tenía que hacer algo. De pronto, de tanto pensar, se me ocurrió la idea más arriesgada de toda mi vida: iría a la Ciudad de México. La pregunta era: ¿Cómo?
Recuerdo perfectamente haberme sorprendido más de alguna vez por haber visto avionetas cruzando el cielo. ¡Me fascinaban! Desde ver las alas diminutas, el fuerte ruido de los motores, incluso me llegué a maravillar pensando en que alguien estaba dirigiéndola.
Un buen día, ayudando a mi papá en los jardines de la granja y luego de haber visto una avioneta, le pregunté:
-Papá… ¿Cómo puedo aprender a volar un avión?
-Estudiando en una escuela muy cara. ¿Por qué? –Dijo con cara rara.
-Porque… me gustaría volar. Es algo que desde hace mucho me atrae la atención –Respondí con la cabeza agachada y con voz bajita. Tenía mucho miedo de que mi padre se riera de lo que yo pensaba, pero él no se rió. Me miró a los ojos, puso su mano en mi hombro y me dijo:
-Hijo, yo me apeno mucho contigo y con tu madre, si pudiera darles la vida que realmente se merecen, lo haría. Pero vivimos en una realidad muy difícil. Sabes que esta casa no es nuestra y que si el patrón quiere, nomás nos corre y ya. Tienes que conformarte con terminar la secundaria, hijo. Además, la escuela de pilotos no está aquí, ni en Guadalajara. Está en la Ciudad de México. Es complicado llegar hasta allá. Quizás cuando crezcas puedas pagar tu escuela. No lo sé.
Papá me había desilusionado. Yo no deseaba esperar tanto tiempo para llegar a ser el piloto que yo quería ser.
Esa noche, no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en mi cama. No lograba hacerme a la idea de que tenía que olvidar eso de la aviación. Tenía que hacer algo. De pronto, de tanto pensar, se me ocurrió la idea más arriesgada de toda mi vida: iría a la Ciudad de México. La pregunta era: ¿Cómo?


No hay comentarios:
Publicar un comentario