sábado, 21 de junio de 2008

Alberto (parte 6)

Al día siguiente, tenía más hambre. Y al otro día, aún más, pues tomando sólo agua, mi cuerpo no se satisfacía del todo. Jamás mis padres me habían dejado sin comer ni una vez en el día. Ahí empecé a extrañarlos más que demasiado y a valorar todo lo que tenía antes en mi casa. Los necesitaba en ese momento. Pero ya me había metido en este lío, así que yo tenía que salir solo. Me fui al mercado. Vi la panadería… Me quedé mirando los panes y, no sólo los veía sino que el olor era terriblemente delicioso. Digo terrible, porque no los podía comer. Era un castigo tremendo. Me metí y se me hizo fácil tomar un pan e irme, de todas formas los dueños estaban distraídos. Cuando estaba a punto de estirar la mano para llevármelo, recordé a mis padres. Ellos siempre me enseñaron que la pobreza no era pretexto para tomar lo que no era mío. Entonces mejor, apreté los ojos y me fui yendo. Tenía qué hacer algo, sentía que el estómago se me desgarraba, hacía ruidos estruendosos y molestos, casi no tenía fuerza…

En esos momentos, vi a una señora de avanzada edad, con apariencia de enferma, cargando unas bolsas de mandado. Eran bastantes y parecía que ya no las podía. Aunque seguía hambriento, la quise ayudar.

–Señora… ¿quiere que le ayude con su mandado? –pregunté con voz débil. Ella, encantada, me contestó que sí. Se le iluminó la cara, ¡vaya que estaban pesadas las bolsas! Las llevé con muchísimo trabajo hasta donde ella iba a tomar el minibús. Fascinada, me entregó unas monedas dándome las gracias. Yo, le sonreí… ¡No lo podía creer! ¡Ella acababa de hacer la mayor obra de caridad del mundo!

Con ese dinero y con las monedas que yo ya tenía, me pude ir corriendo desesperadamente al mercado para comprar algo. Me di cuenta de que me alcanzaba para comprar una penca de plátanos. Estaban verdes, no había más, pero no me importó. Le pagué al comerciante y cuando los tuve en mis manos, me los comí todos. De hecho, no los pelé. Estaba tan desesperado que no quise perder tiempo en hacerlo. La cáscara estaba dura. En lo único que pensaba era en saciar toda el hambre que había acumulado en tres días. Luego de comer algo, caí en la cuenta de que, cargando el mandado de las señoras, lograría juntar dinero con las propinas que me dieran. Mientras me ponía a investigar dónde estaba la escuela de pilotos, estaría bien que ganara mi propio dinero. (No quiero contar con detalles lo que pasó después de comer aquellos plátanos… Sólo me basta decir que no podía salir del baño público, debido a una larga diarrea.)

(Cuando mejoré) Seguí ayudando a las damas con sus bolsas y siempre, todas ellas muy generosas, me daban buenas propinas. Con eso que ganaba, me iba a comer a una fondita que estaba en el mercado. Doña Martha, la propietaria, cocinaba delicioso.

También les escribía cartas a mamá y a papá. Les decía todo lo que estaba sucediéndome, pero siempre trataba de tranquilizarlos con un: “estoy muy bien”, o: “la ciudad es muy bonita”. Todo para que vieran que yo estaba entusiasmado.

Luego de unos días, mi negocio decayó. Supe que había más niños que me vieron trabajar y comenzaban a hacer lo mismo que yo. Fue entonces, cuando supe que ese lugar, ya no era para mí y que tenía que marcharme a probar mejor suerte.

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