
Pronto estuve en Guadalajara, calculo que caminé cerca de dos horas hasta llegar a la estación del tren.
No podría subirme. Necesitaba boleto. Pensé y volví a pensar. ¿Qué podría hacer? Ya estaba ahí, Ya había dejado la carta a mis padres. No podía regresarme. Me acerqué a uno de los enormes vagones del ferrocarril. Vi que tenían una escalera en la parte de atrás. Supongo que era para limpiarlos por arriba. Se me ocurrió subirme sin que nadie me viera. Total, era de noche, estaba oscuro y no había muchas personas queriendo tomar el tren. El reloj de la taquilla marcaba la 1:30 de la mañana. Me subí silenciosamente y me acosté boca arriba. Miraba el cielo mientras elevaba algunas plegarias para que Dios me protegiera en el camino.
No sé cuánto tiempo pasó antes de que un hombre gritara: “¡Todos a bordo!” Entonces, me sostuve con las manos de dos tubos que estaban a cada lado. Me rodó un escalofrío por todo el cuerpo… suspiré y fue entonces cuando sentí que el tren comenzó a avanzar. El aire, que estaba helado, me golpeaba y volví a sentir frío. Me puse a temblar otra vez. Mis manos se asían fuertes de los tubos. Me imaginaba una y otra vez como aviador y eso me daba fuerzas. Pasó mucho tiempo, yo miraba el estrellado firmamento con gran locura. No podía dejar de ver las plateadas estrellas, claras esa noche como nunca. Parecía que Dios me estaba mostrando lo que venía para mí. Transcurrieron no sé si minutos, no sé si horas, pero yo creo que el tiempo suficiente como para entumirme demasiado. Traté de despegar mis dedos de los tubos. No podía. Me dolían mucho. Parecía que estaban congelados. Decidí intentarlo lentamente. Comencé moviendo las puntitas hasta que pude mover por completo las manos. Giré mi cuerpo torpemente… tanto, que por poco me caigo. Fue tal el susto, que mi corazón se agitó palpitando muy velozmente, el tren seguía su curso, si me caía, seguramente me quedaría en el medio de la nada, podía morir, o romperme una pierna o un brazo. Tenía que ser muy cuidadoso. Logré acomodarme boca abajo. Intentaba cantar las canciones que mi padre me había enseñado desde niño para evitar el sueño, pero pasaron las horas y me venció el cansancio. Inconscientemente, mis manos se quedaron agarradas fuertemente a los tubos.
No tengo idea de cuánto tiempo pasó. Unas voces, de hombre, roncas y muy sonoras me despertaron. Nuevamente mis dedos estaban duros y me costó trabajo moverlos; me volteé hacia arriba. El sol ya había salido, pero no estaba muy caliente. Esperé a que no se oyeran voces para bajarme de donde estaba. Me sentía un poco mareado y desvariado, pero logré acostumbrarme en unos minutos. Caminé a prisa. No sabía a dónde iba ni si estaba en la Ciudad de México. Llegué a la taquilla de la estación.
–Buenos días, señora –dije nervioso.
–Buenos días, niño –Contestó mirándome fijamente con extrañeza.-¿Qué se te ofrece? –Añadió.
–¿Esta es la Ciudad de México? –Pregunté.
–Claro que sí, hijo.
Le di las gracias a la dama y me fui caminando. No sabía a dónde ir; me sentía muy raro. Preguntando, me dijeron cómo llegar al centro. Estando allí, me dio mucha hambre. En ese momento, olvidé un poco la idea de ser piloto, necesitaba comer algo con urgencia. Sólo tenía unas monedas, no podía comprar nada con eso.
Me dirigí a una llave que estaba en la acera de enfrente y tomé toda el agua que pude para saciar mi hambre. Tomé tanta, que al moverme hacia la izquierda y a la derecha, podía sentir que el agua golpeaba las paredes de mi estómago. Cuando sentía la necesidad de dormir, lo hacía en una banca de la plaza. Estaban los baños públicos cerca, pero no había un sólo lugar para comer. Nadie se apiadaba de mí y a mí no se me ocurría pedir limosna, no estaba acostumbrado a eso.


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