jueves, 24 de julio de 2008

Alberto (parte 7)




“Preguntando se llega a Roma”, decía mi papá, y tenía toda la razón, así que le pregunté a muchas personas cómo podía encontrar la escuela de aviación. Muchas personas me contaban que era en la escuela militar, pero no sabían con precisión dónde estaba, así que opté por ir a visitar el centro histórico de la ciudad. Ahí me encontré a un hombre, alto, moreno y con cabello rebajado. Tenía la cara de ser soldado. Le cuestioné si sabía dónde estaba la escuela de aviación. Él me contestó:


–Sí, sí sé. ¿Para qué quiere un niño como tú saber ese tipo de información?
–Yo quiero ser piloto aviador –dije, con aires de grandeza.


El soldado lanzó al aire una carcajada y me dijo que él me llevaría al lugar, pero que tendría que estar dispuesto a caminar. Acepté y, no sé por qué, no me dio desconfianza, parecía ser un buen sujeto. Fuimos caminando. Estaba realmente lejos. Nos fuimos a las 8:45 de la mañana y llegamos a las 4 de la tarde.


Platiqué de varias cosas con ese hombre en el transcurso del camino, cosas de mi vida, las melodías que cantábamos en el rancho y en la granja… sobre mi forma de vida, cómo llegué ahí… el hambre que me dio… Al arribar, me asombré. Había una pista enorme y todo era mágico. En cuanto me dejó en la escuela, me dio un consejo, que aun recuerdo: “Hijo, si quieres llegar a ser el mejor, no es necesario pisar a los demás para lograrlo. Con sólo esforzarte al máximo y ser tú mismo, vas a llegar muy alto. Acuérdate de mí cuando vueles”. Después de decirme esto, habló con el soldado de la puerta y nos abrieron. Me llevó hasta la recepción y se metió a hablar a la oficina del Capitán. Luego, me pidieron que entrara, pero antes de eso, mi amigo me hizo el saludo de comandante, esperó a que yo lo hiciera también y luego se marchó.

sábado, 21 de junio de 2008

Alberto (parte 6)

Al día siguiente, tenía más hambre. Y al otro día, aún más, pues tomando sólo agua, mi cuerpo no se satisfacía del todo. Jamás mis padres me habían dejado sin comer ni una vez en el día. Ahí empecé a extrañarlos más que demasiado y a valorar todo lo que tenía antes en mi casa. Los necesitaba en ese momento. Pero ya me había metido en este lío, así que yo tenía que salir solo. Me fui al mercado. Vi la panadería… Me quedé mirando los panes y, no sólo los veía sino que el olor era terriblemente delicioso. Digo terrible, porque no los podía comer. Era un castigo tremendo. Me metí y se me hizo fácil tomar un pan e irme, de todas formas los dueños estaban distraídos. Cuando estaba a punto de estirar la mano para llevármelo, recordé a mis padres. Ellos siempre me enseñaron que la pobreza no era pretexto para tomar lo que no era mío. Entonces mejor, apreté los ojos y me fui yendo. Tenía qué hacer algo, sentía que el estómago se me desgarraba, hacía ruidos estruendosos y molestos, casi no tenía fuerza…

En esos momentos, vi a una señora de avanzada edad, con apariencia de enferma, cargando unas bolsas de mandado. Eran bastantes y parecía que ya no las podía. Aunque seguía hambriento, la quise ayudar.

–Señora… ¿quiere que le ayude con su mandado? –pregunté con voz débil. Ella, encantada, me contestó que sí. Se le iluminó la cara, ¡vaya que estaban pesadas las bolsas! Las llevé con muchísimo trabajo hasta donde ella iba a tomar el minibús. Fascinada, me entregó unas monedas dándome las gracias. Yo, le sonreí… ¡No lo podía creer! ¡Ella acababa de hacer la mayor obra de caridad del mundo!

Con ese dinero y con las monedas que yo ya tenía, me pude ir corriendo desesperadamente al mercado para comprar algo. Me di cuenta de que me alcanzaba para comprar una penca de plátanos. Estaban verdes, no había más, pero no me importó. Le pagué al comerciante y cuando los tuve en mis manos, me los comí todos. De hecho, no los pelé. Estaba tan desesperado que no quise perder tiempo en hacerlo. La cáscara estaba dura. En lo único que pensaba era en saciar toda el hambre que había acumulado en tres días. Luego de comer algo, caí en la cuenta de que, cargando el mandado de las señoras, lograría juntar dinero con las propinas que me dieran. Mientras me ponía a investigar dónde estaba la escuela de pilotos, estaría bien que ganara mi propio dinero. (No quiero contar con detalles lo que pasó después de comer aquellos plátanos… Sólo me basta decir que no podía salir del baño público, debido a una larga diarrea.)

(Cuando mejoré) Seguí ayudando a las damas con sus bolsas y siempre, todas ellas muy generosas, me daban buenas propinas. Con eso que ganaba, me iba a comer a una fondita que estaba en el mercado. Doña Martha, la propietaria, cocinaba delicioso.

También les escribía cartas a mamá y a papá. Les decía todo lo que estaba sucediéndome, pero siempre trataba de tranquilizarlos con un: “estoy muy bien”, o: “la ciudad es muy bonita”. Todo para que vieran que yo estaba entusiasmado.

Luego de unos días, mi negocio decayó. Supe que había más niños que me vieron trabajar y comenzaban a hacer lo mismo que yo. Fue entonces, cuando supe que ese lugar, ya no era para mí y que tenía que marcharme a probar mejor suerte.

miércoles, 18 de junio de 2008

Alberto (parte 5)


Pronto estuve en Guadalajara, calculo que caminé cerca de dos horas hasta llegar a la estación del tren.


No podría subirme. Necesitaba boleto. Pensé y volví a pensar. ¿Qué podría hacer? Ya estaba ahí, Ya había dejado la carta a mis padres. No podía regresarme. Me acerqué a uno de los enormes vagones del ferrocarril. Vi que tenían una escalera en la parte de atrás. Supongo que era para limpiarlos por arriba. Se me ocurrió subirme sin que nadie me viera. Total, era de noche, estaba oscuro y no había muchas personas queriendo tomar el tren. El reloj de la taquilla marcaba la 1:30 de la mañana. Me subí silenciosamente y me acosté boca arriba. Miraba el cielo mientras elevaba algunas plegarias para que Dios me protegiera en el camino.


No sé cuánto tiempo pasó antes de que un hombre gritara: “¡Todos a bordo!” Entonces, me sostuve con las manos de dos tubos que estaban a cada lado. Me rodó un escalofrío por todo el cuerpo… suspiré y fue entonces cuando sentí que el tren comenzó a avanzar. El aire, que estaba helado, me golpeaba y volví a sentir frío. Me puse a temblar otra vez. Mis manos se asían fuertes de los tubos. Me imaginaba una y otra vez como aviador y eso me daba fuerzas. Pasó mucho tiempo, yo miraba el estrellado firmamento con gran locura. No podía dejar de ver las plateadas estrellas, claras esa noche como nunca. Parecía que Dios me estaba mostrando lo que venía para mí. Transcurrieron no sé si minutos, no sé si horas, pero yo creo que el tiempo suficiente como para entumirme demasiado. Traté de despegar mis dedos de los tubos. No podía. Me dolían mucho. Parecía que estaban congelados. Decidí intentarlo lentamente. Comencé moviendo las puntitas hasta que pude mover por completo las manos. Giré mi cuerpo torpemente… tanto, que por poco me caigo. Fue tal el susto, que mi corazón se agitó palpitando muy velozmente, el tren seguía su curso, si me caía, seguramente me quedaría en el medio de la nada, podía morir, o romperme una pierna o un brazo. Tenía que ser muy cuidadoso. Logré acomodarme boca abajo. Intentaba cantar las canciones que mi padre me había enseñado desde niño para evitar el sueño, pero pasaron las horas y me venció el cansancio. Inconscientemente, mis manos se quedaron agarradas fuertemente a los tubos.


No tengo idea de cuánto tiempo pasó. Unas voces, de hombre, roncas y muy sonoras me despertaron. Nuevamente mis dedos estaban duros y me costó trabajo moverlos; me volteé hacia arriba. El sol ya había salido, pero no estaba muy caliente. Esperé a que no se oyeran voces para bajarme de donde estaba. Me sentía un poco mareado y desvariado, pero logré acostumbrarme en unos minutos. Caminé a prisa. No sabía a dónde iba ni si estaba en la Ciudad de México. Llegué a la taquilla de la estación.


–Buenos días, señora –dije nervioso.
–Buenos días, niño –Contestó mirándome fijamente con extrañeza.-¿Qué se te ofrece? –Añadió.
–¿Esta es la Ciudad de México? –Pregunté.
–Claro que sí, hijo.


Le di las gracias a la dama y me fui caminando. No sabía a dónde ir; me sentía muy raro. Preguntando, me dijeron cómo llegar al centro. Estando allí, me dio mucha hambre. En ese momento, olvidé un poco la idea de ser piloto, necesitaba comer algo con urgencia. Sólo tenía unas monedas, no podía comprar nada con eso.

Me dirigí a una llave que estaba en la acera de enfrente y tomé toda el agua que pude para saciar mi hambre. Tomé tanta, que al moverme hacia la izquierda y a la derecha, podía sentir que el agua golpeaba las paredes de mi estómago. Cuando sentía la necesidad de dormir, lo hacía en una banca de la plaza. Estaban los baños públicos cerca, pero no había un sólo lugar para comer. Nadie se apiadaba de mí y a mí no se me ocurría pedir limosna, no estaba acostumbrado a eso.

lunes, 16 de junio de 2008

Alberto (parte 4)


Seguí pensando y pensando. Lo único que yo sabía era que el ferrocarril me llevaba. Eso haría. Dejaría a mis padres para ir a la ciudad de México en el tren. No tenía dinero, excepto unos centavos que guardaba en el cochinito.
Al día siguiente, me levanté temprano como de costumbre. Tomé mi cochinito y salí con un martillo a romperlo para que mis padres no se dieran cuenta. Tomé una hoja de papel y una pluma y le escribí una carta a mis padres que decía así:


Santa Anita, Jalisco a 10 de Diciembre de 1933


Queridos padre y madre:
He tenido que irme, porque quiero llegar a la ciudad de México para ser un piloto de aviones. Cuando esté allá, si Dios quiere, buscaré la oportunidad de escribirles una carta para avisarles mi nueva dirección, sé que estaré bien.
No me voy para siempre, voy a regresar.
Los quiere mucho:
Su hijo Alberto


Una vez escrita la carta, me preparé para irme. Cuando dieron las 7 de la noche y comenzaba a oscurecer, elegí la ropa más calientita que tenía y me la puse encima de la que traía puesta. Tomé los centavos que había ahorrado y los puse en mi calcetín. Hacía mucho frío, faltaban 15 días para navidad.


Cuando estaba afuera de mi casa, se me salieron unas lágrimas, porque me puse a recordar mi infancia en el campo y en la granja. Yo era muy afortunado de tener a los padres que tenía y, no los estaba dejando por mucho tiempo… ¿o sí?


El miedo me invadió por completo. No conocía nada de lo que estaba por enfrentar, estuve a punto de retractarme. Pero lo tenía qué hacer. Tenía que salirme para estudiar y cumplir mi sueño y, también, para ofrecer un mejor futuro a mis padres, así que me armé de valor. Organicé un plan para la huída. Mis padres no sabían lo que yo estaba pensando. Creí necesario, escenificar lo que iba a hacer para escaparme sin que me vieran. Me dí cuenta de que la puerta rechinaba al abrirse, así que le puse aceite a las bisagras hasta que dejó de hacer ruido. Después de eso, todo estaba listo. Me metí a la cama e hice como que estaba dormido. En cuanto vi que mis padres se durmieron, me levanté, dejé la carta en mi cama y abrí la puerta sigilosamente… Emprendí el camino.


Caminé por las oscuras calles hasta salir de mi cuadra. Estaba temblando demasiado. Hacía un frío gélido que me llegaba hasta los huesos; ni la doble ropa que traía servía para aplacarlo. Escuchaba cómo mis dientes castañeaban por la temblorina que tenía; conforme fui avanzando, mi cuerpo comenzó a adquirir calor. Ya sólo tenía la nariz y las orejas frías, pero eso no tenía importancia. Pensé en mi mamá. Me detuve por unos segundos. ¡No la quería dejar! ¿Y si me regresaba a mi casa? Aún estaba a tiempo. Sacudí la cabeza ante esa idea. No podía retractarme, de lo contrario, todo se desbarataría. Pensé que imaginarme siendo un gran piloto ayudaría y… sí, funcionaba. Cada que quería retroceder, pensaba en una avioneta y lograba dar más pasos hacia mi destino.

viernes, 13 de junio de 2008

Alberto (parte 3)


Los años pasaron y yo aprendí mucho de mi vida en el campo y mi familia. Tenía doce años. Era ya un muchacho. A esa edad cualquier chiquillo hace locuras exorbitantes...
Recuerdo perfectamente haberme sorprendido más de alguna vez por haber visto avionetas cruzando el cielo. ¡Me fascinaban! Desde ver las alas diminutas, el fuerte ruido de los motores, incluso me llegué a maravillar pensando en que alguien estaba dirigiéndola.
Un buen día, ayudando a mi papá en los jardines de la granja y luego de haber visto una avioneta, le pregunté:
-Papá… ¿Cómo puedo aprender a volar un avión?
-Estudiando en una escuela muy cara. ¿Por qué? –Dijo con cara rara.
-Porque… me gustaría volar. Es algo que desde hace mucho me atrae la atención –Respondí con la cabeza agachada y con voz bajita. Tenía mucho miedo de que mi padre se riera de lo que yo pensaba, pero él no se rió. Me miró a los ojos, puso su mano en mi hombro y me dijo:
-Hijo, yo me apeno mucho contigo y con tu madre, si pudiera darles la vida que realmente se merecen, lo haría. Pero vivimos en una realidad muy difícil. Sabes que esta casa no es nuestra y que si el patrón quiere, nomás nos corre y ya. Tienes que conformarte con terminar la secundaria, hijo. Además, la escuela de pilotos no está aquí, ni en Guadalajara. Está en la Ciudad de México. Es complicado llegar hasta allá. Quizás cuando crezcas puedas pagar tu escuela. No lo sé.
Papá me había desilusionado. Yo no deseaba esperar tanto tiempo para llegar a ser el piloto que yo quería ser.
Esa noche, no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en mi cama. No lograba hacerme a la idea de que tenía que olvidar eso de la aviación. Tenía que hacer algo. De pronto, de tanto pensar, se me ocurrió la idea más arriesgada de toda mi vida: iría a la Ciudad de México. La pregunta era: ¿Cómo?

martes, 3 de junio de 2008

*Alberto ((parte 2))*



...Recuerdo cómo a los cinco años, ya trabajaba y con mi papá, tratábamos de ganar el pan de cada día para la familia. Fuimos muy felices, jamás nos faltó nada, gracias a Dios. Después de vivir en el campo toda mi vida, mi padre consiguió un trabajo en Santa Anita. Le ofrecían una vivienda si se quedaba junto con otros trabajadores a velar, cuidar y mantener el gran jardín. Cuando mis papás me dieron la noticia, me puse a llorar. No lo podía creer. Yo no quería dejar el amado campo en donde crecí. Mamá se acercó dulcemente a mí y me dijo que nosotros teníamos que seguir a mi padre a dondequiera que él fuese, porque éramos su familia. Me prometió que estaría encantado con la nueva casa, y así fue. Cuando la conocí, no daba crédito a lo que veían mis ojos. Era el lugar más precioso que había visto. Parecía que estaba en el paraíso. Desde la entrada, se apreciaba un caminito estrecho, que daba al fondo de la granja. Tenía flores de muchos colores y de diversas formas. Todo era verde, color de la vida. Fue como si estuviera viviendo algo que no era real. Al mirar bien, me di cuenta de que había árboles frutales por doquier: de guayabas, de manzanas, peras, plátanos, duraznos, mandarinas, naranjas, limones, papayas, ciruelas y muchos otros más. Mi lengua se mojó de sólo pensar en la delicia que ahí había. Moría de ganas por comerme algo. Corrí, salté y jugué ese día por todas partes; estaba maravillado.
Pasó el tiempo. Crecí ayudando a mis padres todos los días; había ocasiones en las que íbamos a Guadalajara cuando las estrellas apenas comenzaban a desaparecer del cielo. Papá me metía en una canasta grande que ataba al burro y ahí me quedaba quietecito hasta que veía que el sol asomaba sus primeros rayos. ¡Era tan cálido! Mi padre me decía que no lo mirara porque podría quedarme ciego. Yo lo desobedecía un poquito, me gustaba verlo así, todo grandote y amarillo. Tras dos segundos de observarlo, apartaba la mirada.

miércoles, 21 de mayo de 2008

*Alberto* ((Parte 1))




El sol ardía al centro del cielo azul claro; se escuchaba la pesada caída del azadón de mi padre. La tierra húmeda y negra se desgajaba cuando pasaba el instrumento. Papá portaba su gran sombrero y su pañuelo color rojo al cuello. Traía su camisa, su calzón de manta y su ceñidor rojo mojados por el sudor de su cuerpo. Me llamaban especialmente la atención sus huaraches de cuero y sus pies quemados por el sol, impregnados con lodo.


Mis ojos lloraban por la luz intensa que hay, gotitas de sudor rodaban por mi cara. Papá y yo habíamos estado trabajando desde las siete de la mañana e imaginarme los riquísimos frijoles de mi madre me hacían el estómago rugir como si fuera un león. Parecía que él se había dado cuenta de que estaba hambriento, porque en cuanto el sonido estruendoso de mi pancita salió, me invitó a cantar “Mi ranchito”. ¡Cómo le fascinaba cantar! Me gustaba mucho su voz suave como el terciopelo. De pronto, mi madre aparecía a lo lejos haciendo señas con los brazos muy estirados. Se veía muy chiquita como una hormiguita, pero alcanzamos a oír su voz cuando gritó que nos fuéramos a comer. Papá tomó el azadón sonriendo y me retó a unas carreritas. Creo que siempre me dejaba ganar, pero aun así, era divertido llegar primero.


La puerta de mi casa estaba abierta. Cuando entré en ella, podía oler al fin los frijolitos negros que tenía mamá en el fogón. Hacía unas exquisitas tortillas. Estaban gruesas y el maiz lo habíamos recogido el día anterior mi papá y yo, junto con los otros trabajadores.
Estaba a punto de enrollar una tortillita, a la que le puse sal, pero mi mamá, viéndome las manos negras como el carbón, me exigió que me las lavara. De tanta hambre que me dio trabajar tanto, no me había acordado de hacerlo. De prisa me encaminé al brocal del pozo y en el balde, metí mis manitas. Tomé jabón y las volví a sumergir. Pensaba en las manos de papá. ¡Eran muy grandes y fuertes! Parecía como si yo tuviera manos de pulguita al lado de las de él… Estaba listo. Tenía mucha hambre y sed. Corrí a sentarme al lado de mi mamá. Ella era muy linda. Tenía ojos muy grandes y expresivos. Cuando me regañaba, sus ojos eran los que lo hacían. Por eso, trataba de no hacerla enojar, porque ¡eran tan bonitos cuando estaba contenta!

lunes, 10 de marzo de 2008

Rinna y Fisher ((parte 2))

Cuando Rinna y las sirenas se vieron de nuevo, llevaron a Fisher con ellas y los presentaron. Él estaba embrujado por ella y a ella también le pareció alguien sumamente gallardo y atractivo. Conforme iban transcurriendo los días, ambos deseaban estar en aumento estar juntos; se habían enamorado perdidamente uno del otro.

Fisher le dijo a ella que ya no podía estar sin ella... Rinna, con lágrimas en los ojos, voló hacia Tierra de Rosas. Sabía que no podía estar junto a él de la manera que anhelaban.

Toda esa noche, deseó con intensidad ser una sirena para estar con Fisher para siempre... Se acercó a la orilla de la playa y lo deseó nuevamente. Quería que fuera real... de pronto, cuando a punto estaba de salir el sol, una ola se tragó a Rinna... Sus alas desaparecieron y le salió una cola preciosa... estaba asombrada y muy feliz. Comenzó a buscar a Fisher para darle la buena noticia, pero no lo encontraba. Cuando salió a la superfcie, vio a lo lejos, en la playa, la figura de Fisher con un par de piernas y alas nuevas...

...Había deseado también, salir del agua para convertirse en hado y así estar con Rinna para siempre...

Fisher, al ver que Rinna estaba en su lugar de origen, se metió al agua para estar en sus brazos aunque fuera un momento. Rinna supo que él moriría. Ella lo besó y lo sacó del agua para morir junto a él...

...porque ni ella podía estar fuera del agua, ni él bajo el mar.


Fin.

viernes, 7 de marzo de 2008

*♥..Rinna y Fisher..♥*

Hace muchos años, existió una maravilla terrenal, llamada Tierra de Rosas, donde habitaban hados y hadas, criaturas hermosas con alas y magia.

La protagonista de esta historia, se llamaba Rinna. Un hada muy bella, con el rostro iluminado y usaba vestidos hechos con hojas y flores, con ojos violetas y su cabello color rosa, largo brillante y hermoso. Rinna era muy rápida al volar, volaba incluso más rápido que el colibrí. Una de sus mágicas habilidades, era que podía comunicarse con las plantas y pedirles ayuda cuando lo necesitara.

Todas las mañanas, Rinna acudía a la playa, le gustaba sentir la arena y el agua tocar sus pies, pero tenía que ser sumamente cuidadosa, ya que si el agua salada tocaba sus alas, frágiles como las de una mariposa, podía morir.

Rinna había hecho amigas en el mar, las sirenas. Ellas salían a la superficie para saludarla. Cada día, se contaban las historias que vivían; Rinna quería saber qué era nadar y vivir dentro del agua y ellas morían por saber qué era volar y no estar mojada.

Un día, Fisher, un apuesto tritón de ojos verdes y cabellos azules, escuchó que las sirenas hablaban de Rinna. A él le pareció interesante conocer al hada de la que estaban comentando, así que decidió ir a ver de quién se trataba. Al siguiente día, siguió a las sirenas sin que supieran y se quedó detrás. Cuando vio a Rinna, olvidó el agua, el mar, incluso que era él mismo, porque le pareció el ser más bello que jamás había conocido. Ella no logró verlo, porque estaba muy entretenida en la conversación con las sirenas. Fisher la miraba detenidamente... Rinna y las sirenas se despidieron. Ellas nadaron mar abajo y Rinna se echó a volar... Fisher le gritó, pero ella volaba demasiado rápido como para haberlo escuchado.

Fisher impactado, siguió a las sirenas para preguntarles el nombre del hada. Les dijo que estaba enamorado de ella. Ellas se echaron a reír, porque era completamente imposible: ni él podía vivir fuera del agua, ni ella bajo el mar.

((Continuará))
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